Con motivo del 25 Aniversario para un amigo
(Un poco de Historia de Cormorán) , por Manuel Gosálvez

Corría el año de gracia de 1979 cuando yo, un joven estudiante de biología, enamorado del mar desde que en sus adolescentes años de vacaciones veraniegas metió la cabeza con unas gafas de buceo en las frescas aguas de las playas de Galicia, me quedé entusiasmado delante de un tosco cartel “achinchetado” en el tablón de anuncios de la facultad en el que se anunciaba un curso de “buceo autónomo deportivo”.

La idea ya no se me quitó de la cabeza, reuní mis escasos ahorros estudiantiles que, sumados al salvador préstamo paterno, fueron suficientes para apuntarme al curso. Tal decisión, aún no sé por qué, se me antojaba una de las decisiones más importantes de mi vida. No sabía entonces hasta que punto cuán cierto era aquello.

 

 

El primer "logo" de Cormorán

 

Cartel hecho a mano anunciando los primeros cursos que se dieron en el club, alrededor de 1983

Manuel Gosálvez López es uno de los fundadores del Club, ha sido presidente de Cormorán durante 12 años.

Comencé mi curso de iniciación, que entonces se llamaba de “buceador de segunda deportivo”, el cual me mantuvo ocupado, y por qué no decirlo, tremendamente ilusionado durante ¡dos meses! (entonces los cursos eran otra cosa) plagados de innumerables clases teóricas y prácticas.

Nunca olvidaré la sensación de mis primeros minutos bajo el agua respirando de aquel primitivo regulador con un bibotella 2 X12 de aluminio a la espalda. Caí como una piedra al fondo de bruces contra el gresite del suelo de la madrileña piscina de la Almudena aplastado por el peso de aquel enorme equipo (los chalecos aún ni se conocían) y allí sentí en el fondo de mi ser que aquel iba a ser mi mundo.

Después, en el verano de 1980, vino mi examen de mar en las Islas Cies, en pleno Atlántico y fue allí, a la salida de una inmersión, mientras me ponía en bandolera la boquilla de mi fiel y hoy histórico regulador bitráquea, cuando vi, subido en una pequeña roca, un esbelto y grácil pájaro negro que se subía a su pedestal después de una inmersión en búsqueda de su alimento. “Mira.., pensé, va de negro como nosotros (entonces lo de los trajes de colores ni se imaginaba) y además bucea de maravilla, no sería un mal emblema para un club de buceo”.

Aquel pájaro era un Cormorán.

Volví a Madrid a lomos de mi viejo “seiscientos” con el mar y el buceo incrustado en todas las células de mi cuerpo para, sin pérdida de tiempo, apuntarme como auxiliar en los cursos del club en el que estaba y cuyo nombre será mejor dejar en el recuerdo.

En el primero de ellos, por esas casualidades de la vida, entablé amistad con uno de los alumnos, tan entusiasmado como yo en el mar y el submarinismo, Vicente Damián me dijo que se llamaba, cuando inundé de botellas su “Land Rover” para trasladarlas al club. Poco nos imaginábamos entonces que aquel encuentro sería el principio de una amistad que ahora cumple 25 años.

Él terminó su curso y juntos nos apuntamos a una salida organizada por el club, por otra parte bastante desorganizadillo y con pocos visos de poder realizar en él todos nuestros entusiastas proyectos. La salida fue a las Islas Medas que terminaron, sí es que esto era posible, de aumentar nuestra pasión por el buceo. Allí conocimos a otros compañeros casi tan animosos como nosotros y surgió por primera vez la idea de fundar un club propio. Quedamos para una próxima salida a Benidorm.


Y fue allí, al término de una inmersión en la inolvidable “Llosa”, cuando cinco compañeros de regulador sentados sobre la arena de una de las playas más turísticas de España y que tantas veces recorrimos con las botellas a la espalda, nos decidimos a embarcarnos en aquella aventura de tener nuestro propio club de buceo.

La primera pregunta fue inevitable: ¿Qué nombre le ponemos?, tras varias ideas de pronto recordé a mi pájaro negro subido en su piedra y lo solté sin más. Cormorán, ese va a ser el nombre, les conté mi historia del verano les gustó y quedó decidido. Era el mes de septiembre de 1980.

Papeleos, estatutos, tramites y por fin, a finales de ese mismo año, recogíamos del buzón de nuestra primera sede en pleno rastro madrileño (en un antiguo piso cedido por mi familia) la comunicación oficial. Ya éramos la “Asociación Deportivo Cultural Cormorán”, que tal fue su primer nombre completo. Creo sinceramente que fue uno de los momentos más cargados de ilusión que puedo recordar.

 

Constituimos la primera junta directiva, que tuve el honor de presidir durante doce años, y a la que luego, no recuerdo bien por qué, pasaron a llamarnos “junta digestiva”, aunque intuyo que algo tendrían que ver nuestras reuniones de los viernes en “La Chuletera”.

Con el sorteo de los primeros números de socio nos pusimos en marcha.
Ahora teníamos que buscar un escudo (“logo” que le llaman hoy), el primero fue inevitable, aquel recuerdo del cormorán subido en la roca al que añadimos unas botellas y unas aletas cruzadas debajo, a modo de escudo heráldico, fue el primer emblema del recién creado club. Más tarde, a la vista de la excesiva seriedad de tal escudo, que más parecía el blasón de una aristocrática familia que la insignia de un club deportivo, decidimos encargar uno que expresara el sentido de protección hacia la fauna marina, que al fin y al cabo es la razón de ser de un club de buceo, a pesar de ser el cormorán un pájaro pescador. El diseñador captó a la perfección la idea y así nació nuestro simpático cormorán abrazando a un alegre pececillo que, con pequeñas variaciones, aún nos representa.

Cormorán estaba en marcha. Después vinieron unos maravillosos años de salidas al mar o a los pantanos con chuletada incluida cuando la economía no daba para más, de camaradería, de nuevos amigos, algunos ya desaparecidos y cuyo recuerdo estará siempre con nosotros, en definitiva de alegres jornadas descubriendo lo bonito que es el fondo de este entrañable mar que no en vano llamamos “Nostrum” disfrutando de la compañía de los buenos amigos.

Dibujo original de nuestro "logo" actual, año 1982

A la par, y para conseguir los fondos necesarios para mantener el club empezamos a dar cursillos.

Teníamos que comprar material para empezar y ni cortos ni perezosos nos fuimos a la única tienda que había en Madrid (Helecho se llamaba) consiguiendo que las primeras letras que Tito (Vicente, por si alguno aún no le conoce por su apelativo familiar) y yo firmáramos en la vida fueran las de unas botellas de doce litros y sus correspondientes reguladores de la antigua marca española Nemrod, con las que dimos los primeros cursos en la desaparecida piscina del Club Don Quijote.

No puedo pasar por esta etapa de la vida del Club sin mencionar a Manolo Cubero, excepcional instructor donde los haya y mejor persona, que cubrió los cursos mientras Tito y yo nos hacíamos, a nuestra vez, instructores, aprendiendo de él la difícil, pero gratificante, tarea de la docencia.

El Quijote, La Latina, La Paloma y varios cambios de ubicaciones más fueron dando como fruto a lo largo de los años cientos de alumnos. Hoy muchos de ellos se han convertido en inmejorables buzos y mejores amigos y han ido llenando las distintas etapas de estas dos décadas y media de existencia de Cormorán. Valga como ejemplo decir que dos alumnas de aquellos años, que no sólo hicieron todos los cursos habidos y por haber si no que también se instalaron definitivamente en la vida del Club y sobre todo en la nuestra, se convirtieron en nuestras esposas y por añadidura en dos de los pilares fundamentales que han permitido la supervivencia del club.


Y por fin llegamos a establecernos en nuestra localización actual, en el Real Canoe Natación Club en el que mi condición de socio y el tener muchos amigos en él sirvieron para asentarnos definitivamente en sus magníficas instalaciones.

Lamentablemente mis avatares laborales me han llevado a convertir lo que fue mi gran afición en mi profesión y aunque esto, en principio, puede parecer el ideal de muchos me, ha costado un alto precio a nivel sentimental, al obligarme en los últimos años a que mi colaboración en el Club se haya visto mermada al no disponer de tiempo material para seguir en la brecha.

Pero afortunadamente Cormorán está más pujante que nunca gracias al que ha sido mi gran amigo y compañero durante todos estos años y con el que he tenido la gran satisfacción de compartir tantos momentos vitales, de esos que merece la pena apuntar en el diario de la existencia y sin los cuales lo demás no tendría sentido, acumulando incontables e imborrables recuerdos a lo largo de estos 25 años.

No puedo terminar esta breve reflexión sobre los primeros 25 años de existencia de Cormorán sin darle las gracias y mi más sincero homenaje a mi viejo “compañero de armas” (esto de viejo supongo que no le va a gustar, pero que le vamos a hacer, nació antes que yo) y deciros a todos los que hoy formáis el Club que estáis en las mejores manos.

Por eso y aún a pesar de no poder estar contigo como hubiera sido mi deseo, gracias por continuar nuestro sueño, por tu tenacidad y por tu constancia, gracias Presi, gracias Tito.

A nuestro Cormorán aún le quedan muchas inmersiones por hacer.


Manolo Gosálvez
Socio Nº 2


Antiguas pegatinas del club.

Primer carnet de socio de Manolo.

Marisa, Yolanda, Manolo y Vicente.

Al fondo el Peñon de Ifach, Calpe.

Manolo y Vicente con sus equipos de "última generación", allá por 1986.